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sábado, 28 de marzo de 2026

Fotos de atletismo. 12434. Recuerdos año 2017. Literatura. “Un secreto”, novela escrita por el psicoanalista francés Philippe Grimbert, publicada por Tusquets Editores

Foto de Blas García Marín

20. Ambos regentaban un negocio de venta al por mayor en le calle Bourg-l’Abbé, esa manzana de uno de los más antiguos barrios de París especializados en género de punto. La mayoría de las tiendas de deportes se abastecían en el comercio de mis padres de camisetas, trajes de baño y ropa interior. Yo me acomodaba ante la caja, junto a mi madre, para recibir a los clientes. A veces ayudaba a mi padre y correteaba tras él por alguna de las habitaciones que servían de almacén para verlo levantar sin esfuerzo pilas de cajas de cartón adornadas con fotos de deportistas: gimnastas en las anillas, nadadores, lanzadores de jabalina, que veía amontonarse en los anaqueles. Los hombres llevaban el pelo corto y levemente ondulado, como mi padre, las mujeres lucían la oscura melena de mi madre, sujeta con una cinta.

 

Foto de Blas García Marín


19. Barra fija, tabla de musculación, espalderas, mi padre se entrenaba cada día en una habitación del piso transformada en gimnasio. Mi madre, si bien no le dedicaba tanto tiempo, practicaba ejercicios de calentamiento y estaba pendiente del menor síntoma de flojedad para atajarlo de inmediato.


Foto de Blas García Marín


18. Consultas de médicos, dispensarios, hospitales. Olor a desinfectante que apenas disipaba el agrio sudor de angustia, atmósfera deletérea a la que yo añadía mi óbolo, tosiendo bajo el estetoscopio, ofreciendo mi brazo a la jeringuilla. Cada semana mi madre me acompañaba a alguno de aquello lugares ya familiares, me ayudaba a desnudarme para exponer mis síntomas a un especialista que acto seguido se retiraba con ella para hablar entre cuchicheos. Yo, resignado, sentado en la camilla, aguardaba el veredicto, posible intervención, largo tratamiento, vitaminas e inhalaciones en el mejor de los casos. Años cuidando esa quebrantada anatomía. Entretanto, mi hermano exhibía insolentemente sus hombros atléticos, su piel curtida bajo el vello rubio.


Foto de Blas García Marín


17. Yo era el fruto de ese encuentro, y, con mórbido goce, me plantaba ante el espejo para inventariar mis imperfecciones: rodillas salientes, pelvis apuntando bajo la piel, brazos de arácnido. Y me atormentaba aquel agujero bajo el plexo en el que hubiera cabido un puño, un agujero que socavaba mi pecho como la huella indeleble de un golpe.


Foto de Blas García Marín

16. Mis padres, mis amados padres, cada uno de cuyos músculos había sido pulido, como los de esas estatuas que me turbaban en las galerías del Louvre. Mi madre practicaba el salto del ángel y la gimnasia deportiva; mi padre, la lucha y los aparatos; ambos, el tenis y el voleibol: dos cuerpos llamados a encontrarse, a casarse, a reproducirse. 

Foto Velasco


15. Mi hermano ostentaba el orgullo de los rebeldes que salvaban los obstáculos, de los héroes del patio de recreo pendientes del vuelo de una pelota, de los conquistadores que escalaban las verjas. Yo los admiraba, incapaz de rivalizar con ellos, esperando el timbre liberador para volver por fin a mis cuadernos. Había elegido para mí un hermano triunfador. Él, insuperable, triunfaba en todas las disciplinas mientras yo paseaba mi fragilidad bajo la mirada de mi padre, ignorando el destello de decepción que cruzaba por sus ojos.


Foto de Blas García Marín

14. Durante mucho tiempo mi hermano me ayudó a superar mis miedos. Una presión de su mano en mi brazo o sus manos alborotándome el pelo me infundían fuerzas para superar las barreras. En los bancos de la escuela el contacto de su hombro contra el mío me reconfortaba y, con frecuencia, cuando me preguntaban, el murmullo de su voz en mi oído me soplaba la respuesta correcta.

Foto de Blas García Marín

13. Una <m> por una <n>, una <g>  por una <t>, dos ínfimas modificaciones para convertir Grinberg en Grimbert. Pero <amo> había sustituido a <odio>, y, desposeído del <tengo>, me veía obligado a obedecer al imperativo <calla>. Tropezaba sin cesar con el doloroso muro con el que se habían rodeado mis padres, pero los quería demasiado como para intentar traspasar los límites, para abrir los labios de aquella llaga. Estaba decidido a no saber nada.

Foto de Blas García Marín


12. Pese a tales precauciones, la verdad afloraba prendida a una serie de detalles: unas hojas de pan ácimo remojadas en huevo batido y doradas en la sartén, un samovar Modern Style sobre la chimenea del salón, un candelabro guardado en el aparador, bajo los estantes de la vajilla. Y siempre aquellas preguntas: regularmente me interrogaban sobre los orígenes del apellido Grimbert, escudriñaban su ortografía exacta, exhumaban la <n>, que había sido sustituida por una <m>; destapaban la <g>, que una <t>  debía relegar al olvido; cosas que yo refería en casa y que mi padre desechaba de inmediato con un ademán. Siempre nos habíamos llamado así, insistía, era una evidencia que no encerraba la menor contradicción: había rastros de nuestros patronímicos en la Eda Media. ¿Acaso Grimbert no era un personaje de Roman de Renart?


 
Foto de Blas García Marín

11. Así la labor de destrucción emprendida por los verdugos unos años antes de mi nacimiento proseguía, soterrada, vertiendo sus carretadas de secretos, de silencios, cultivando la vergüenza, mutilando los patronímicos, generando la mentira. Aun vencido, el enemigo seguía triunfando.


Foto de Blas García Marín


10. La marca indeleble impresa en mi sexo era apenas el recuerdo de una intervención quirúrgica imprescindible. No tenía nada que ver con ritual alguno, había sido una simple decisión médica, una entre tantas otras. Nuestro apellido ostentaba asimismo su cicatriz: dos letras cambiadas oficialmente a petición de mi padre, ortografía diferente que le permitía que sus raíces arraigaran profundamente en el suelo de Francia.


Foto de Blas García Marín


9. Me bautizaron tan tarde que yo conservaba intacto el recuerdo: los ademanes del oficiante, la húmeda cruz estampada en mi frente, mi salida de la iglesia, apretado contra el sacerdote, bajo el ala bordada de su estola. Una muralla entre la ira del cielo y yo. Si por desdicha la tormenta volvía a desencadenarse, mi inscripción en los registros de la sacristía me protegería. Yo no tenía conciencia de ello y me prestaba al juego, obediente, silencioso, tratando de creer, con cuantos me festejaban, que se estaba reparando una simple negligencia.


Foto de Blas García Marín


8. Según ellos yo ostentaba desde siempre ese distinguido apellido de nuestra familia. Mis orígenes no me condenaban ya a una muerte segura, no era ya esa débil rama en la cima de un árbol genealógico que había que desmochar.

 
Foto de Blas García Marín


7. Pese a lo mucho que me atormentaba mi delgadez y mi palidez enfermiza, quería creer que era el orgullo de mi padre. Mi madre me adoraba, yo era el único que había habitado aquel vientre musculado por el ejercicio, el único que había surgido de sus muslos de deportista. El primero y el único. Antes que yo no había nadie: sólo una noche, un baño de sombra, un puñado de fotografías en blanco y negro celebrando el encuentro de dos cuerpos gloriosos, avezados a las disciplinas del atletismo, que iban a unir sus destino para engendrarme, amarme y mentirme.


Foto de Blas García Marín


6. Desde ese día caminé a la sombra de mi hermano, floté en su huella como en un traje demasiado holgado. Me acompañaba a la plazoleta, a la escuela, hablaba de él con cuantos me tropezaba. En casa incluso me había inventado un juego que me permitía hacerle compartir nuestra existencia: pedía que lo esperasen antes de sentarnos a la mesa, que le sirviesen antes que a mí, que preparasen sus cosas antes que las mías cuando nos marchábamos de vacaciones. Había creado un hermano tras el cual yo iba a eclipsarme, un hermano que iba a abrumarme con todo su peso.


Foto de Blas García Marín


5. La noche siguiente, apretaba por primera vez mi mejilla mojada contra el pecho de un hermano. El peluche acababa de entrar en mi vida, y yo no pensaba abandonarlo.


Foto de Blas García Marín


4. Por fin un día dejé de estar solo. Me empeñé en acompañar a mi madre al trastero, donde ella quería poner un poco de orden. Descubrí aquella habitación desconocida situada bajo los tejados del edificio, su olor a cerrado, sus muebles cojos, sus montañas de maletas con las cerraduras oxidadas. Mi madre había levantado la tapa de un baúl, donde esperaba encontrar unas revistas de modas que publicaba tiempos atrás sus figurines. Se llevó un sobresalto al descubrir al perrito con ojos de baquelita que dormía allí, tumbado sobre un montón de mantas. Tenía el peluche raído y el morro polvoriento, y llevaba puesto un abrigo de punto. Yo lo cogí de inmediato y lo estreché contra mi pecho, pero hube de renunciar a llevármelo a la habitación, pues noté el malestar de mi madre, y lo dejé en su sitio.


Foto de Blas García Marín


3. Yo era el único objeto de amor, el tierno motivo de desvelos de mis padres, y sin embargo dormía mal, agitado por pesadillas. Rompía a llorar apenas apagaban la luz de mi cuarto, ignoraba a quien se dirigían las lágrimas que atravesaban mi almohada y se perdían en la noche. Avergonzado sin saber la causa, con frecuencia culpable sin motivo, retrasaba el momento de sumirme en el sueño. Mi vida de niño era todos los días fuente de tristeza y temores que alimentaba en mi soledad. Necesitaba a alguien con quien compartir aquellas lágrimas.

 

Foto de Blas García Marín


2. Siempre sentía envidia cuando, estando de visita en casa de un compañero, se abría la puerta y aparecía otro que se le parecía un poco. Un chico con el pelo desgreñado y una sonrisa levemente guasona a quien me presentaban con dos palabras: Mi hermano. Un enigma, eso era para mí aquel intruso con el que había que compartirlo todo, incluido el amor. Un hermano de verdad. Un ser parecido a uno mismo y en cuyo rostro uno descubría rasgos comunes, como un mechón rebelde o un colmillo, un compañero de dormitorio de quien uno conocía lo más íntimo, el humor, los gustos, las debilidades, los olores. Una rareza para mí, que reinaba solo en el imperio formado por las cuatro habitaciones del piso familiar.

Foto de Blas García Marín


1. Aun siendo hijo único, durante largo tiempo he tenido un hermano. Cuando les contaba esta historia  a mis conocidos durante las vacaciones, o a mis amigos ocasionales, debían fiarse de mi palabra. Tenía un hermano. Más guapo, más fuerte. Un hermano mayor, triunfador, invisible.

Foto de Blas García Marín

Philippe Grimbert nació en París en 1948. Estudió psicología en Nanterre, se especializó en psicoanálisis y ha publicado tres ensayos sobre la materia, así como una primera novela. La petite robe de Paul (2001). Un secreto, su segunda novela, en la que Grimbert revela una parte muy íntima de su propia vida, ha obtenido en Francia un gran éxito de ventas y de crítica, y ha merecido ya numerosos galardones, entre ellos el Grand Prix des Lectrices de Elle y el prestigioso premio Goncourt des Lycéens 2004. Con una prosa desnuda. Un secreto desvela poco a poco una verdad intolerable, inconfesable, que enlaza los grandes crímenes del siglo XX con las pequeñas traiciones familiares, la sombra de los campos de concentración con un amor culpable; en suma, lo que puede esconder el silencio de una amable foto de familia.


Fuente: https://www.casadellibro.com

 
Siempre, desde muy pequeño, el protagonista de Un secreto creyó que tenía un hermano. Su vida en París transcurre tranquila, tal vez demasiado silenciosa, junto a sus padres, Maxime y Tania –judíos que escaparon del destino que les estaba reservado–, muy enamorados y amantes de los deportes, tan atléticos que el niño se imagina que se conocieron en un estadio o al borde de una piscina. Y él, escuálido y enfermizo, se inventa un hermano fuerte y guapo con el que jugar y, sobre todo, pelearse. Su adolescencia en la Francia de posguerra no le permite sospechar ningún secreto, ninguna mentira. Y nunca habría sabido que, efectivamente, existió alguna vez un hermano de no ser porque, cierto día, a sus quince años, tras un altercado en el colegio con motivo de un reportaje sobre el Holocausto, Louise, una anciana enfermera vecina de la familia, le contó la verdadera historia de Maxime y Tania. Una historia dramática, que ocurrió durante la Ocupación, y tan dolorosa que hasta ese momento todos –sus padres, los abuelos, sus tíos y tías– se la habían ocultado...


 

 

 22 sept 2017  0:01  (1301)