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lunes, 10 de junio de 2024

Fotos de atletismo. 13299. Recuerdos año 2008. 40 Aniversario del Salto de Fosbury: La revolución viene de espaldas. En México, los espectadores se ríen cuando observan su primer intento

 

Salto de Fosbury
 








SANTIAGO SEGUROLA

Los puños de la dignidad humana · La madre de todos los récords Como tantas veces sucede con los estadounidenses, Fosbury no tuvo miedo a inventar. No le importó ser diferente a los demás. Era un iconoclasta”, Ramón Cid*). 22 de febrero de 1968. El etíope Mamo Wolde acaba de ganar el maratón en los Juegos de México. Es la última prueba del programa olímpico, pero en la pista permanecen unos pocos atletas. Uno de los fondos del estadio comienza a atestarse de gente. Algo extraordinario está ocurriendo. Un saltador de altura ha cautivado al público y tiene perplejos a los jueces, que se consultan y no están seguros de sus decisiones. Los aficionados jalean al chico. Es un estadounidense de 21 años. Se llama Dick Fosbury. Fuera de un puñado de fanáticos de la especialidad, nadie ha oído hablar de él. Salta de espaldas a la barra.

EL INVENTO

(“El estilo habría aparecido de cualquier manera. Con la aparición de las colchonetas, lo lógico es que alguien hubiera comenzado a practicar alguna variante de la tijereta. Digamos que el estilo Fosbury es una tijera de segunda o tercera generación”). Fosbury sólo destaca en su último año. Estudia en la Universidad Estatal de Oregón y se ha convertido en una estrella del equipo de atletismo. Ha olvidado cualquier tentación de coquetear con la técnica imperante: el rodillo ventral. Es un espárrago que no tiene la potencia para afrontar el desafío del rodillo. No es fuerte, ni rápido. Es alto: 1,94 metros. Desde niño siente fascinación por el salto de altura. En el instituto de Medford, un pequeño pueblo de Oregón, intenta sin éxito superar sus limitaciones con el rodillo ventral. Imposible. Con 15 años, sólo puede saltar 1,54. Su naturaleza le exige otra cosa: la tijereta. Fosbury se siente más cómodo. Sus progresos son evidentes. El listón asciende. Fosbury comienza a tener problemas con la tijera. Intuitivamente varía el ángulo de entrada hacia la barra. La cabeza y la espalda empiezan a pasar por encima del listón. Las piernas se quedan un poco atrás. Salta 1,80 metros. Se siente cómodo. El cuerpo le pide esa forma de saltar. No lo sabe aún, pero está a punto de cambiar la historia del salto de altura para siempre.

EL GENIO

(“Un aspecto decisivo en el impacto de Fosbury es que aparece en los Juegos Olímpicos y gana la prueba. Llega para revolucionar el salto del altura, para convertirlo en otra cosa”). Fosbury choca frontalmente con los ortodoxos. El mundo está fascinado por las hazañas de Valeri Brumel, el potentísimo saltador soviético. Es una estrella de dimensiones mundiales. Dos años antes de los Juegos de México sitúa el récord mundial en 2,28 metros. Un accidente de motocicleta le produce graves fracturas en una de sus piernas. Los aficionados están pendientes de su recuperación. Sin Brumel, la prueba parece huérfana de alicientes. En Medford, Fosbury afina la técnica frente a la sospechosa opinión de los técnicos. Termina su etapa en el instituto local y recibe una beca para estudiar en la Universidad Estatal de Oregon (OSU). Los entrenadores observan divertidos al chico. “Tiene gracia, pero nunca llegará a ninguna parte”, dicen. Fosbury se mantiene terco. En el verano del 65, un mes antes de ingresar en la universidad, supera por primera vez los dos metros. Lo hace a su manera. Cae sobre los pedazos de gomaespuma extendidos tras el listón. Se hace daño. Siempre se hace daño. Si hubiera colchonetas para amortiguar el golpe, saltaría más. Pero las primeras colchonetas son muy caras. Cada una cuesta 300 dólares. Berny Wagner, el entrenador del equipo universitario, insiste con el rodillo ventral. Para saltar bien, hay que hacer el rodillo. Fosbury lo intenta. Sus marcas se desploman. Otra vez es incapaz de superar el 1,80. Tiene 19 años y no ve porvenir en el atletismo. El instinto le exige otra cosa: volver a su estilo particular. Lo hace a escondidas. Una tarde, sube la barra hasta el 1,98. Lleva una camiseta y unas bermudas. Su entrenador le filma sin que Fosbury se entere. Pasa varios centímetros por encima del listón. Berny Wagner claudica. Las marcas se disparan. Con 20 años salta 2,13. No es casualidad. Lo repite en varias ocasiones, pero nadie tiene noticias de Fosbury fuera de Oregón. Le favorece el sistema estadounidense, que da oportunidades a todo el mundo en las pruebas de selección del equipo olímpico. Fosbury no sólo es un iconoclasta, también tiene fibra de competidor. Salta 2,18 metros y entra en el equipo olímpico. En México, los espectadores se ríen cuando observan su primer intento sobre 2,09. Fosbury traza una larga curva, se gira en el momento de despegar y salta limpiamente sobre el listón. De espaldas. Cae sobre una colchoneta amplia y mullida. No tiene por qué sentir miedo. Lo jueces se miran asombrados. Le han visto en las series de clasificación, pero no están seguros de que la técnica sea legal. La realidad es que Fosbury ha superado la altura. “¿Cuándo comenzará a saltar como los demás?”, se pregunta la gente. Nunca. Supera los 2,14 metros. A la primera. Los 2,18, a la primera. 2,20, a la primera. 2,22, a la primera. Mejora por un centímetro su mejor marca personal, obtenida en los Campeonatos Universitarios. Encabeza la prueba. Fosbury es la atracción de la tarde. Ya no es un bromista. El ruso Gavrilov no logra aguantar su ritmo. Falla sus tres intentos en 2,22 metros. Pero el estadounidense Carruthers sí supera esta altura. Los espectadores se vuelcan con Fosbury, mitad atracción de feria, mitad revolucionario. Totalmente revolucionario cuando vence al listón en su último intento sobre 2,24 metros. Carruther fracasa tres veces. Dick Fosbury es el nuevo campeón. Ha batido el récord olímpico. Ha mejorado su mejor marca personal por tres centímetros. Ha cambiado radicalmente el salto de altura: intuitivamente ha descubierto la manera más eficaz de aprovechar la velocidad horizontal para potenciar la velocidad vertical, es decir, para subir más. Lo hace tras recorrer un largo arco, girarse en el punto de batida y pasar el tronco de espaldas a la varilla. Esa locura tiene un nombre: Fosbury Flop. El legado señala la genialidad de su autor. Excepto el soviético Yuri Tarmak, ganador en Múnich 72, todos los demás campeones olímpicos pertenecen a la escuela que creó el chico de Oregón. Se diría que desde aquel octubre del 68 no se salta altura, se hace Fosbury. *[Ramón Cid es el responsable de saltos de la Federación Española de Atletismo].

Fuente: marca.com



21 oct 2008 (421)

domingo, 3 de agosto de 2008

1284. "Superar el cáncer ha sido el salto más duro". Dick Fosbury (Portland, 6 de marzo de 1947) sorprendió al mundo en México 1968. Ganó la prueba...


Dick Fosbury

Dick Fosbury saltando 2,24 en México

Dick Fosbury (Portland, 6 de marzo de 1947) sorprendió al mundo en México 1968. Ganó en la prueba de altura con un salto de espaldas en lugar de hacer el tradicional rodillo. El 'Fosbury Flop' cumple 40 años.

Héctor Martínez | 03/08/2008

En marzo los veía como algo imposible, inalcanzable. En mayo, como una ilusión. Por fin los Juegos están aquí y puede disfrutar de ellos.

Usted lo ha dicho. Los últimos meses han sido muy complicados, los más duros de toda mi vida. Afortunadamente todo ha salido bien y, aunque lentamente, voy recuperando la normalidad. Soy optimista.

Volvamos a marzo. Le diagnostican un cáncer vertebral.

Fue un golpe severo, algo para lo que no tienes capacidad de reacción.

Le operaron en abril y le extirparon el tumor. Y se inició una rehabilitación que exige una gran fuerza de voluntad.

Perdí mucha movilidad. Una mañana, al despertarme, apenas podía mantenerme en pie. Me asusté muchísimo. Los doctores me ayudaron.

¿El mayor salto de su vida?

El más duro, sin duda. Me considero afortunado por haber tenido junto a mí a unos médicos tan maravillosos y a tanta gente que me quiere. La quimioterapia surtió efecto y en las últimas semanas he recuperado el ánimo. Y eso me permite mirar el futuro con optimismo.

Pues yo le quería hablar del pasado

Diga, diga.

Se cumplen 40 años del Fosbury Flop, el salto con el que usted revolucionó la prueba de altura en México. Felicidades.

Muchas gracias. Ese salto me ha acompañado durante toda mi vida.

¿Cuándo nació? Me refiero al salto.

En mi etapa de high school (instituto), en Medford. Fue en 1963, cuando yo tenía 16 años. No mejoraba mis marcas, así que decidí perfeccionar el salto de espaldas. La gente me decía que era imposible que con el cambio de estilo fuera a mejorar mis resultados. Cuando me gradué en 1965 ya lo dominaba. Y me sentía cada vez más cómodo.

Allí, en el D.F., esa capital federal convulsionada por los muertos en la Masacre de Tlatelolco, sufrió otro susto pocos días antes de la prueba.

Me resbalé, me caí y me hice mucho daño en el talón. Me dolía muchísimo y no llegué a la competición recuperado. Pero me sobrepuse; no quedaba otra, se trataba de unos Juegos y había que saltar incluso cojo.

¿Qué recuerda de aquel día tan especial?

Que fui muy regular y que salté a la primera todas las alturas hasta llegar a 2,22. En 2,24, que suponía mi récord personal, fallé los dos primeros intentos, pero en el tercero superé el listón y gané.

Provocando un sonoro "¡olé!" en la grada.

Sí, la gente estaba eufórica, se puso como loca.

Hubo quien se preguntaba si saltar así era legal.

Los jueces no, porque aunque no estaban acostumbrados a ese estilo, conocían el reglamento.

Algo que no venía mal, pues aquellos fueron unos Juegos con un marcado ingrediente político. Los disturbios en las calles de México (con centenares de muertos) en los días previos o la reivindicación racial de sus compatriotas John Carlos y Tommie Smith al recibir sus medallas en el podio.

Sí, aunque en aquellos días apenas salía en la prensa lo que estaba pasando. No había informaciones sobre las protestas, los muertos Silencio total. No teníamos miedo porque no sabíamos qué estaba ocurriendo. Fueron unos Juegos en los que se pedía que el mundo cambiara.

¿Y ha cambiado?

Sigue igual en muchos aspectos. No estamos como en el 68, eso es cierto, pero hay que seguir luchando para que las cosas mejoren. Y los estudiantes son buenos aliados.

El deporte sí ha cambiado, ahí están las marcas estratosféricas y demás logros. Pero también hay pasos de cangrejo: en México 68 se registró el primer caso de dopaje, el del pentatleta sueco Hans-Gunnar Lilijenwall. En Pekín el COI teme que aumente el número de positivos de Atenas 2004.

Es preocupante, pero la creación de la Agencia Mundial contra el Dopaje fue un invento maravilloso. Había que cortar por lo sano, perseguir a los tramposos. Estamos en el camino, aunque queda mucho por delante. Son los propios deportistas los que deben hacer hincapié en acabar con esa lacra. Ellos deben denunciar a quienes traicionan al deporte, promover el fair play. Tenemos que dejar claro que quien la hace, la paga, que los tramposos no tienen cabida en el deporte.

Nosotros, los españoles, venimos de ganar el Tour de Francia con Carlos Sastre, el Giro con Alberto Contador, la Eurocopa con la Selección de fútbol, y Roland Garros y Wimbledon con Rafa Nadal, pero tenemos complicado entrar en la lucha por las medallas en altura. ¿No podría usted inventarse un salto que nos diera centímetros extra?

¡Me temo que no! (Risas). Su deporte va de maravilla. Debería sentirse orgulloso de él. Lo de Nadal, por ejemplo, es extraordinario y un buen ejemplo de la buena salud de la que goza el deporte español. En Pekín les irá de maravilla. Seguro que disfrutan.

Fuente: as.com

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1124. Tuvimos que enfrentarnos contra la indiferencia e incomprensión de la sociedad española de los años sesenta y setenta. Nos llamaban locos...

1108. Levanté la mano para saludarles y continué mi camino de la mejor manera que pude, pensando que no hace tanto tiempo yo también rodaba como ellos.

1093. Mitin Ciutat de Barcelona. Javier Bermejo se mostró muy combativo superando a sus rivales con 2,27 metros, que franqueó en su tercera tentativa.

1027. Miguel Ángel Sancho, medalla de bronce en salto de altura. España cierra el Campeonato del Mundo Júnior con 3 medallas y 5 finalistas.

965. Blanca Vlasic, 2,06 metros en altura. Meeting de Atletismo Madrid 2008. Mario Pestano ganó el disco con un registro de 67,01 metros, superando...