lunes, 20 de octubre de 2008

2015. Regreso a Alfred Hitchcock. Vértigo, filmada en 1958, una de sus obras mayores, que alude directamente al tema de las fobias, a las alturas.


Alfred Hitchcock

Miro una vez más esa vieja foto de Alfred Hitchcock y acabo de entender la frase que a menudo le atribuyen a Sigmund Freud: infancia es destino. Entiendo también cómo llegó a convertirse en lo que se convirtió: un maestro en el arte de repetirse siempre con originalidad, un provocador juguetón, un cachondo malicioso, un artista empeñado en la experimentación formal. Lo que no entiendo es cómo alguien pudo reducirlo con la mayor simpleza a la limitada calificación de “el mago del suspenso”.

Con un aire de altiva solemnidad, vistiendo ropas militares, Hitchcock posa montado en un pony en plena calle. También con uniforme militar, su padre sujeta las riendas del animal con fingido gesto enérgico. Atrás, a sus espaldas, está la tienda de víveres de la familia Hitchcock en Londres. El pequeño Alfred tiene siete años de edad y una obesidad evidente.

A partir de ese día, cada nueva fotografía habrá de mostrarlo con mayor obesidad y menos cabello, pero con los mismos aires de altiva solemnidad. Su rostro rubicundo y sonriente y su capacidad para meterse en líos está todavía en la memoria de uno de sus compañeros durante los años escolares, que lo recuerda como un muchacho solitario y regordete que sonreía y miraba como si pudiera ver a través de las personas, de acuerdo con Donald Spoto, el más acucioso de sus biógrafos.

Hitchcock dejó su marca en el colegio de religiosos católicos donde estudiaba, según cuenta un testigo: “Se convirtió en un notorio ladrón de huevos del gallinero de los sacerdotes… Le encantaba robar los huevos y arrojarlos contra las ventanas de la residencia de los jesuitas. Cuando algún furioso sacerdote salía corriendo, exigiendo saber quién había ensuciado el cristal, exhibía una expresión inocente, miraba al cielo, se alzaba de hombros y decía: ‘No lo sé, Padre. Parece como si hubiera sido algún pájaro…’”.

Años después, ya convertido en una celebridad llena de complejidades y habituado al éxito, le confesaba a Joseph Cotten, antes de emprender la filmación de La sombra de una duda, según el relato del actor en su Autobiografía, la vanidad te llevará a alguna parte: “No he comido un huevo en mi vida. Ni uno solo. Supongo que hay huevos en alguno de los platos que como, pero jamás he sido capaz de enfrentarme a un huevo que no esté bien disimulado”.

Aquel niño obeso montado en un caballito con pose de conquistador evolucionó, en efecto, hasta convertirse en un triunfador lleno de fobias a partir de una infancia marcada por un montón de tropezones psicológicos de todo tipo. Mucho se ha traído y llevado la vieja historia que lo describe a los cinco años de edad llegando a la comisaría, enviado por su padre, para entregarle inocentemente al policía en turno una nota. Cuenta Paul Duncan en su volumen Alfred Hitchcock, filmografía completa: “El policía la leyó y le encerró en una celda durante cinco minutos, después le dijo que eso era lo que hacían con los niños malos”. Hay que imaginar el terror de un niño de esa edad encerrado tras las rejas. Hay que imaginar también al padre, a la familia, al abuelo policía.

Pero a ese niño obeso le hicieron en realidad un favor, más allá de la cadena de sufrimientos que arrastró dolorosamente toda su vida. Odió eternamente a los policías, a las madres dominantes y a los padres débiles, a la familia, y se dedicó a lo largo de unas cincuenta películas filmadas entre 1927 y 1976 en Gran Bretaña y Estados Unidos a retorcer de alguna manera su propia biografía atormentada en alambicados thrillers psicológicos, policiacos y de espionaje. Vértigo, filmada en 1958, una de sus obras mayores, que alude directamente al tema de las fobias, a las alturas en este caso, está celebrando su aniversario 50.

Pocas películas en la historia del cine tienen cumpleaños. Pero Vértigo se merece la celebración porque, como dice Boris Izaguirre en El armario secreto de Hitchcock, “más que una película es una religión, y más que una religión es un hechizo, un poema visual, un salmo”.

Están ahí las claves frecuentes de Hitchcock, sobre todo el policía fracasado y la rubia seductora, enfrentados en un elaborado juego de malicia que alude al doble, en la medida en que su personaje femenino es una y es otra a la vez y parece la reencarnación de una muerta. Conocida también con el título de Entre los muertos, Vértigo fue en los días de su filmación un verdadero campo de batalla en el que Hitchcock, que también era uno y otro a la vez, hizo todo lo posible por despedazar a su actriz protagónica, una Kim Novak de gélida belleza enigmática.

Habituado a acosar a sus rubias, jóvenes y bellas actrices, al grado de que alguna vez su propia esposa, Alma Reville, tomó la iniciativa de pedir disculpas para su esposo por sus obsesivos empeños, Hitchcock no tuvo mucha química con la Novak. Dice Guillermo Cabrera Infante en Cine o sardina que Hitchcock insistía siempre en su convicción de que “las actrices son ganado”, y que en algún momento incluso llegó a llamar “vaca” a la actriz que, como Tippi Hedren en Los pájaros, le aguantó todo mientras trabajaba bajo sus órdenes.

La maltrató, la humilló hablando del “miedo que emana de ella cada vez que empieza la escena”. Cuentan que Hitchcock, con agresivo sadismo, la hizo repetir una y otra vez la escena en la que se arroja a las aguas heladas de la bahía de San Francisco. Cada vez tenía que secarse y vestirse y maquillarse de nuevo, para disfrute de Hitchcock. Y Novak, que no era ninguna virtuosa de la actuación, creció como una diosa en la película, haciendo de su personaje toda una creación. Claro, con Hitchcock como un endemoniado coautor, poseído por sus demonios. Sin duda es ésta una de sus mayores genialidades: hacer de sus lastres emocionales uno de los momentos mayores de su arte.

Fuente: milenio.com

ENLACES:

2011. ANTONIO BANDERAS Actor. Yo compito contra Brad Pitt, Leonardo DiCaprio, Johnny Depp o Tom Cruise. Ellos no tiene un Oscar como Javier Bardem.

1820. El desnudo de Carla Bruni fue vendido por 60.000 euros en Christie's, un precio veinte veces mayor al esperado.

0000. El Dalai Lama, Brad Pitt y Angelina Jolie encabezan la lista 'Time' de los más influyentes.

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